La categoría de enemigo interior resulta ser una categoría política y moral recurrente en la historia política y social, cuyo potencial destructivo y autoritario puede quedar contenido en parte o ser metabolizado por culturas e instituciones políticas pluralistas. Sin embargo, en Latinoamérica la imagen del enemigo interior no ha cesado hasta hoy de reaparecer con sorprendente ímpetu y periodicidad bajo formas diversas e incluso con contenidos opuestos: con perfil moderado o radical, reaccionario o revolucionario, xenófobo o cosmopolita. Casi siempre su peso ha llegado a inhibir la consolidación de la praxis y de las ideas democráticas y pluralistas que hubieran podido limitar su carga destructiva. ¿A qué se debe esto? La interpretación propuesta en estas páginas es sin duda parcial, conscientemente parcial, ajena a toda pretensión de centrar la causa de un fenómeno tan complejo que escapa a fáciles explicaciones teleológicas o monocausales. Pretende señalar más bien un camino, ofrecer una serie de intuiciones que nos remontan en última instancia a tiempos remotos y nos sumergen en lo más profundo de la estructura inmaterial de las sociedades latinoamericanas. ¿Cuál podría ser la síntesis última de esta interpretación? La idea que los eventos históricos en Latinoamérica han podido generar y reproducir a lo largo del tiempo ciertos elementos ideales y materiales particularmente fértiles para que la categoría de enemigo interior conservase una elevada capacidad de explicación del mundo y de las causas de sus males. Entre estos males vale la pena recordar los fundamentales. En primer lugar el hecho que las sociedades de América Latina crecieron a partir de una especie de falla, el llamado trauma de la Conquista. Una fractura que los sucesivos flujos de población, la organización del espacio y el encuentro con el mundo exterior no llegaron a colmar; es más, la profundizaron aún más. Pero esas sociedades tan laceradas por la historia y fraccionadas por sólidas barreras étnicas y culturales fueron plasmadas por el universalismo católico, por la idea del orden terreno como imagen del orden armónico de lo creado. Dicho en modo brutal: esas sociedades estructuralmente segmentadas se basaron desde el inicio en el principio del humanismo, de la armonía. El reflejo más evidente fue, y es aún hoy, la tenaz recurrencia de un imaginario social organicista, que en la división de la sociedad postula el fin de la armonía colectiva. Un imaginario que con el tiempo, como se ha visto, ha impregnado la cultura política de la región mucho más allá de los confines de la tradición explícitamente cristiana, como si fuese una especie de DNA común a todos en mayor o menor grado. Este fundamento ideal monista ha dejado en herencia una peculiar aversión por el conflicto. Aversión a su vez basada en una sólida cultura de la armonía como condición natural de la sociedad. La convivencia con el conflicto, pues, ha resultado más difícil que en otras partes, igual que la adopción de estrategias políticas o institucionales que lo regulasen. Y ello aunque no faltasen conflictos en sociedades tan divididas. Sin embargo, éstos fueron percibidos casi siempre como síntoma de sufrimiento del cuerpo social. Un sufrimiento que era preciso eliminar, igual que se extirpa un tumor de un cuerpo enfermo para restituirle la salud; o bien como catarsis, revoluciones, acciones colectivas cuya meta era purificar el organismo social de sus impurezas. El subversivo en el primer caso, el oligarca en el segundo, se han vuelto así virus, arquetipos del enemigo interior. En otras palabras, la lógica amigo-enemigo, tan recurrente en la historia de Latinoamérica, parecería más bien la trasposición secular del binomio teológico salvación-condena, en un ámbito cultural en el que la laicización del espacio público ha encontrado un obstáculo portentoso: la tradición del monismo confesional, propensa por su naturaleza al humanismo y poco favorable al pluralismo. Una tradición que ningún ...

Liberales y católicos, populistas y militares. El imaginario organicista y la producción del “enemigo interno” en la historia de América Latina

ZANATTA, LORIS
2008

Abstract

La categoría de enemigo interior resulta ser una categoría política y moral recurrente en la historia política y social, cuyo potencial destructivo y autoritario puede quedar contenido en parte o ser metabolizado por culturas e instituciones políticas pluralistas. Sin embargo, en Latinoamérica la imagen del enemigo interior no ha cesado hasta hoy de reaparecer con sorprendente ímpetu y periodicidad bajo formas diversas e incluso con contenidos opuestos: con perfil moderado o radical, reaccionario o revolucionario, xenófobo o cosmopolita. Casi siempre su peso ha llegado a inhibir la consolidación de la praxis y de las ideas democráticas y pluralistas que hubieran podido limitar su carga destructiva. ¿A qué se debe esto? La interpretación propuesta en estas páginas es sin duda parcial, conscientemente parcial, ajena a toda pretensión de centrar la causa de un fenómeno tan complejo que escapa a fáciles explicaciones teleológicas o monocausales. Pretende señalar más bien un camino, ofrecer una serie de intuiciones que nos remontan en última instancia a tiempos remotos y nos sumergen en lo más profundo de la estructura inmaterial de las sociedades latinoamericanas. ¿Cuál podría ser la síntesis última de esta interpretación? La idea que los eventos históricos en Latinoamérica han podido generar y reproducir a lo largo del tiempo ciertos elementos ideales y materiales particularmente fértiles para que la categoría de enemigo interior conservase una elevada capacidad de explicación del mundo y de las causas de sus males. Entre estos males vale la pena recordar los fundamentales. En primer lugar el hecho que las sociedades de América Latina crecieron a partir de una especie de falla, el llamado trauma de la Conquista. Una fractura que los sucesivos flujos de población, la organización del espacio y el encuentro con el mundo exterior no llegaron a colmar; es más, la profundizaron aún más. Pero esas sociedades tan laceradas por la historia y fraccionadas por sólidas barreras étnicas y culturales fueron plasmadas por el universalismo católico, por la idea del orden terreno como imagen del orden armónico de lo creado. Dicho en modo brutal: esas sociedades estructuralmente segmentadas se basaron desde el inicio en el principio del humanismo, de la armonía. El reflejo más evidente fue, y es aún hoy, la tenaz recurrencia de un imaginario social organicista, que en la división de la sociedad postula el fin de la armonía colectiva. Un imaginario que con el tiempo, como se ha visto, ha impregnado la cultura política de la región mucho más allá de los confines de la tradición explícitamente cristiana, como si fuese una especie de DNA común a todos en mayor o menor grado. Este fundamento ideal monista ha dejado en herencia una peculiar aversión por el conflicto. Aversión a su vez basada en una sólida cultura de la armonía como condición natural de la sociedad. La convivencia con el conflicto, pues, ha resultado más difícil que en otras partes, igual que la adopción de estrategias políticas o institucionales que lo regulasen. Y ello aunque no faltasen conflictos en sociedades tan divididas. Sin embargo, éstos fueron percibidos casi siempre como síntoma de sufrimiento del cuerpo social. Un sufrimiento que era preciso eliminar, igual que se extirpa un tumor de un cuerpo enfermo para restituirle la salud; o bien como catarsis, revoluciones, acciones colectivas cuya meta era purificar el organismo social de sus impurezas. El subversivo en el primer caso, el oligarca en el segundo, se han vuelto así virus, arquetipos del enemigo interior. En otras palabras, la lógica amigo-enemigo, tan recurrente en la historia de Latinoamérica, parecería más bien la trasposición secular del binomio teológico salvación-condena, en un ámbito cultural en el que la laicización del espacio público ha encontrado un obstáculo portentoso: la tradición del monismo confesional, propensa por su naturaleza al humanismo y poco favorable al pluralismo. Una tradición que ningún ...
Los desafíos de la libertad. Transformación y crisis del liberalismo, Europa y América Latina (1890-1930).
320
345
L. Zanatta
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